¡Un Dios que danza!

¡Un Dios que danza!

Ayer hemos celebrado un acontecimiento muy especial para nuestra parroquia: el primer aniversario de la naciente Asociación Peregrinos de la Esperanza, una comunidad de apoyo y acompañamiento a las personas migrantes y refugiadas, y cuya misión es ser “portadores del amor misericordioso de Dios”; ser posada, casa, hogar, lugar de encuentro para quien huye del dolor, del hambre y la guerra, para quien se siente solo y sin una comunidad de referencia. Durante la Eucaristía inicial animamos en momentos concretos a expresar las resonancias que la Palabra de Dios sembraba en nuestros corazones. ¡Y cuánto nos ha costado hablar! Medio en serio, medio en broma, les decía en la homilía a mis hermanos Peregrinos que hablamos poco porque “lo nuestro” (lo de los Peregrinos de origen latino o africano, especialmente) no es hablar sino bailar 😉. 

Nos expresamos con el cuerpo, somos como una “caja de resonancia ambulante”, como una rocola o cajita de música que, al son del merengue, los tambores o la salsa, nos vinculamos y tejemos relaciones de encuentro y amistad. Más allá de lo gracioso del comentario, hay mucho de verdad en ello. De alguna manera “somos música y danza”, como somos seres en relación. 

Justamente ayer por la tarde abrimos nuestra celebración  con la Solemnidad de la Santísima Trinidad, y una de las imágenes más elocuentes y hermosas sobre cómo explicar el Misterio Trinitario lo encontramos precisamente en la analogía de la danza (el concepto teológico “perijóresis” hace alusión a un dinamismo relacional de Comunión perfecta como simulando a una “danza en torno a” o “alrededor de”, como intercambio armónico en que las Tres Divinas Personas se vuelcan la una en la otra en ritmos diferentes, pero bajo el mismo “pentagrama”. Un Dios dinámico, inquieto, que baila y que invita a bailar confiadamente. 

La creación entera, y en ella todas sus criaturas, han sido creadas y convocadas a participar del baile; y, muy especialmente, el ser humano es creado a imagen del Dios-Comunión, lanzado al mundo para ser reflejo de su Creador, llamado radicalmente a una vocación sellada con la danza y la perfección armoniosa del Amor. ¡Únicos y distintos! Pero llamados a la creatividad libre y colorida, como creativas son estas Tres Divinas Personas, de misma naturaleza y radical distinción, unidad en la diversidad, aceptación incondicional. 

La danza, en este sentido, es contraria a la parálisis, a la rigidez y a la inercia; muy distinta del reproche y la exigencia; es un sentir y un hacer; es un vivir silenciosamente la incondicionalidad del Amor que no pregunta, que no espera con prejuicio. Una danza con brazos abiertos y libre expresión, con sonrisa sincera y alegre acogida. Y para danzar bien hay que saber escuchar y acoger, acompañando el ritmo con movimientos auténticos, sin aparentes experticias. En la danza se conoce al danzante, en el baile no hay máscaras. ¡Así es Dios! Claridad infinita, transparencia de Amor, Ternura abocada completamente en el otro. Quien danza se empeña por sentir los tiempos con pocos cálculos. Quien baila, vive más y controla menos, crea espacios de libertad y rompe las ataduras del autoritarismo, el automatismo y la esclavitud. 

¡Qué tal, entonces, si danzamos al son del Amor Comunión que nos pone la Trinidad, con temeridad y valentía, con creatividad y alegría, fiándonos de los ritmos y respondiendo a ellos, atendiendo al “ahora” que Dios nos coloca con su “música” y sin distraernos en otros ritmos,  saboreando las melodías que nos producen las historias interpersonales nutritivas y que hacen crecer! 

Venga la canción que venga, en esta “hora loca” e impredecible en la que vivimos, qué tal si bailamos al son de Dios, abiertos a su novedad, cada mañana y sin tanta preguntadera. Sólo así podremos ir a la pista, preparar los pies y decir con fuerza: ¡Música, maestro! ¡Y a bailar!

P. Samuel 

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