¡Perfume a tus pies!

¡Perfume a tus pies!

Escucha y obediencia son dos palabras que parecen “fuera de moda” y, sin embargo, son las clave para tener una experiencia de encuentro, que nos hace salir de nosotros mismos y vincularnos con la realidad de Dios. Ya terminando la Cuaresma, este tiempo de desierto, ocasión para dejarnos encontrar por Dios, oportunidad para comprender más a fondo el Misterio de Cristo y las consecuencias de su seguimiento. Ha sido un tiempo para activar la escucha y para mirar admirablemente: “Mirad a mi siervo”… “He aquí mi hijo amado”… Escuchar y mirar. Estar atentos a su Palabra que da vida. Hoy se nos invita a mirar al Elegido, al sostenido por el Padre, en quien Dios se complace. En Él, Dios mismo se hace visible y palpable. Ese “Siervo de Yahvé” nos ofrece unos rasgos radicales de humildad: “No gritará, no clamará, no voceará por las calles”. No se impone por la fuerza ni atropella; no desprecia la debilidad humana sino que, por el contrario, se hace debilidad como nosotros, para levantarnos del “polvo” del sinsentido y del vacío existencial. Implanta la justicia y la verdad, tan anhelada por la humanidad, y nos ofrece plenitud por la fuerza de su Espíritu.

La Luz de Dios, su mirada está puesta sobre nosotros, sobre toda la humanidad. No se limita a una pequeña porción escogida, sino que abraza y alcanza a todas las naciones. Cuando en nuestra vida todo parece oscuro y esclavizante, Él “abre los ojos a los ciegos y libera a los cautivos”. Destruye nuestras cegueras y se ofrece como Luz que ilumina toda nuestra vida. ¡Qué importante ha sido este tiempo de Cuaresma para dejarnos seducir por este Misterio de Cristo! Pasamos nuestra vida buscando algo que nos dé sentido, pero resulta que ese “algo” es “Alguien”, un Dios personal, que desea tener una relación íntima contigo, con cada uno, convirtiéndose en defensa nuestra, en escudo, en roca, en alcázar, en olor fragante.

Resulta muy interesante que, en esta ocasión, Juan nos pone en contexto refiriéndose a la Pascua (así sin más, ya no se refiere a la de “los judíos”), lo cual denota que esta Pascua sería diferente, la del paso definitivo de Jesús, del Dios que salva. Cuando la situación se torna turbia y tensa, Jesús muestra una cercanía incomparable con sus amigos más entrañables. Betania fue siempre un hogar de paz, el remanso donde Jesús buscaba descanso y sosiego. Lugar de hospitalidad y de encuentro, de la amistad más sencilla e incondicional. Pero en esta cena anticipa lo que habría de ocurrir después, la consecuente sepultura y la glorificación del Hijo, revelada especialmente a los más pobres. Ese momento entrañable de enjugar los pies está vinculado a una respuesta de amor con cierto aire amargo. 

Es un día para recordar que, como bautizados, hemos sido lavados y sepultados para una nueva vida. Una vida que necesita renovarse cada día, sepultando de nuestra vida todo lo que puede estar enquistando nuestro deseo de trascendencia y de vivir la plenitud a la que somos llamados. Es un día para ofrecer nuestra mejor fragancia, y para alzar al cielo como el incienso todas nuestras esperanzas.

P. Samuel 

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