“¿Conque darás tu vida por mí?”

“¿Conque darás tu vida por mí?”

Sabemos más identificar en nosotros las penas que las alegrías, los desalientos que las ilusiones. A veces sentimos que inútilmente gastamos nuestras fuerzas. Por eso en nuestra relación con Dios es más frecuente la queja y la súplica que la alabanza y la acción de gracias. Pero, más allá de las penas y adversidades, o de los triunfos y éxitos, es la certeza de sabernos amados y elegidos por Dios lo que da sentido a toda nuestra existencia, con luces o con sombras. El Señor, vivas lo que vivas, sigue pronunciando tu nombre, sigue alentando tu vida, y lo hace gratuitamente, por pura fidelidad. Lo hace con su Siervo, quien anticipa la presencia del Hijo; lo hace por participación también con cada uno de nosotros. A ese Siervo sufriente de Isaías, Dios lo hace Luz de las naciones, para que la salvación nos alcance a todos. En este Hijo doliente está el cántico de todos, la vocación a la que Dios nos llama desde el vientre materno: vocación al servicio que, aun en momentos de fracaso, nos hace ser luz que alumbra las oscuridades del alma, que anuncian que “el amor lo cree todo, lo espera todo, lo aguanta todo, lo soporta todo…” (cf. 1 Co 13, 1s). Se trata pues de ser, en Jesús el Hijo amado del Padre, siervos de Dios, con la tarea de amar y servir en todo lo que somos y hacemos. Y esto sólo es posible teniendo al Señor como refugio; porque en Él están puestos nuestros ojos, nuestra esperanza, nuestra confianza.

Hoy contemplamos la antesala del Camino de la Cruz, el dolor del corazón de un Jesús ya entregado al Padre, que recoge las cosechas de un mundo que no le ha conocido, que no ha comprendido la hondura y el misterio del Reino. He aquí una traición y una negación. Tendemos recordar más el beso traicionero de Judas que la triple negación de Pedro; ambas son traiciones, aunque movidas por distintos impulsos: incomprensión y ambición encerradas en un beso que entrega a la muerte; miedo y cobardía encerrados en un desconocimiento público del Maestro. Ambos, Judas y Pedro, lanzan dos grandes dardos al corazón de Jesús; ambos inician los flagelos y azotes que luego el poder materializa en el Calvario. Pero el Maestro, presintiendo ya lo que habría de acontecer, no deja nunca de mirarlos a los ojos y amarlos con entrañas de madre.

Pero las respuestas ante el pecado de la traición fueron muy distintas en ambos: Judas no soporta el sufrimiento que le genera la culpa, se aísla y acaba con su propia vida; Pedro llora amargamente, pero se refugia en la comunidad que es mediación de Dios, que es lugar de restauración, que es hogar al que se vuelve seas quien seas, hagas lo que hagas.

En Judas y Pedro estamos también tú y yo. Nuestras realidades de pecado muchas veces son dardos que con fuerza lanzamos al corazón ya traspasado de Jesús; en muchas ocasiones podrían estar carcomiéndonos las culpas, pero la respuesta de Pedro quizás sea la que nos lleve a la vida: refugiarnos en el corazón, donde todo comenzó, en las entrañas de la comunidad que lleva la impronta de la Resurrección y la Vida que el Espíritu nos da.

¿Cuándo niego el paso de Jesús por mi historia? ¿Cuándo acalla su voz? ¿Estoy dispuesto a poner de nuevo el oído y defender mi fe más allá de mis temores?

Leave a Reply

Your email address will not be published.