“¿Soy yo acaso, Señor?”

“¿Soy yo acaso, Señor?”

            Llega el tiempo de una cena con sabor a despedida. El punto de tensión que se ha generado en torno a las autoridades religiosas llega a un nivel de no retorno, con un desenlace inevitable. Los discípulos apenas comienzan a intuirlo, pero no se enteran de las magnitudes ya predichas por el Maestro en diversas ocasiones y ya vistas en la hostilidad creciente de muchos. ¿Qué cosas estarían pasando por las mentes de los discípulos? ¡Cuántas dudas y temores!: “¿Será que nos equivocamos al seguir a nuestro Maestro?” “¿Qué pasaría sI lo apresan y se acaba esta historia?” “Si a Jesús lo matan, ¿qué no pasaría con nosotros, quienes un día decidimos responder a su llamada?” …

            La incertidumbre, combinada con una distorsión política, económica y social del mensaje de Jesús lleva a Judas a entregarlo. Seguramente estaba convencido de que hacía lo correcto, como tantas veces también tú y yo actuamos por impulso sin pensar el daño terrible que podríamos hacer. Hoy releemos este último encuentro comensal de Jesús con los Doce y tendemos a juzgar la acción negativa de Judas, de Pedro y de todos los demás. Quizás no sea precisamente un día para la condenación. Tal vez sea un día para comprender más bien la debilidad humana, intentando entrar dentro de nosotros mismos y mirar nuestras tantas fragilidades hechas traición, hechas negación, hechas huida.

            El relato de la Última Cena se presenta paulatinamente como encuentro amistoso pero probado por la debilidad. “¿Acaso soy yo?”, se preguntaban a sí mismos los comensales, como haciéndonos de espejo ante nuestra relación de amistad con el Jesús del Evangelio: ¿Acaso soy yo el que con mis actitudes traiciono tu amistad y confianza? ¿Acaso soy yo quien lacera tu cuerpo con mis infidelidades? ¿Acaso soy yo quien duda y teme mostrar a los demás las maravillas que hace Dios conmigo? ¿Acaso soy yo el que, por omisión, deja de ser testigo del amor que da la vida, ante un mundo que siempre da para recibir y busca su propio interés? Este día nos hace ver nuestras tantas miserias y tibiezas; un día que se nos revela ante nuestros ojos como una transparencia de quiénes somos, de nuestros tantos titubeos y dudas. Pero también un día que nos revela la paciencia de Dios y su amor entregado sin condiciones. Nos preparamos para las últimas horas de Calvario; nos preparamos para caminar con Cristo Jesús por los laberintos de nuestras noches más oscuras, de nuestras penas más negras, de nuestros látigos de mayor violencia. Déjate mirar por el amor ensangrentado; déjate sorprender por los silencios elocuentes de Aquel que sólo responde con amor al oprobio y la agresión. Se nos escapa esta lógica sobrehumana capaz de responder con la dulzura de la miel a los ultrajes de la hiel. ¿Podría yo responder igual? Pidamos al Señor la Gracia de su Espíritu para amar a tiempo y a destiempo, reconociendo que sin Él sólo somos miseria y fragilidad.

P. Samuel

Leave a Reply

Your email address will not be published.